La regla de oro
Nada de lo que digas sirve si tu hijo no te está registrando. Y a muchos niños que aprenden diferente les cuesta justo eso: notar que les estás hablando entre el ruido de la tele, la licuadora y el perro del vecino. Por eso, antes de enseñar cualquier cosa, tu primer trabajo es conseguir su atención. No con gritos: con estrategia.
Tres movimientos que cambian todo
- Ponte a su altura. Híncate, siéntate en el piso, agáchate. Que tu cara quede frente a la suya, no allá arriba como locutora de techo. Cara a cara, tu voz y tus gestos por fin le llegan.
- Sigue SU interés. No lo jales a lo que tú quieres enseñar: métete a lo que él ya está mirando. ¿Está girando las llantas del carrito? Las llantas son hoy tu material didáctico. El interés del niño es la puerta abierta; lo demás es puerta cerrada.
- Menos palabras. En lugar de "a ver mi amor, ven, vamos a lavarnos las manitas porque ya vamos a comer", prueba: "Manos. A lavar." Frases cortas se entienden; los rollos se vuelven ruido.
Espera... un poquito más
Después de decir algo, cuenta cinco segundos en silencio mirándolo con cara de esperar. A muchos niños les toma más tiempo procesar; si le repites a cada rato, lo interrumpes justo cuando estaba por responder. El silencio con sonrisa es de tus mejores herramientas, y es gratis.