El error número uno de los que amamos mucho
Pasa en las mejores familias: tu hijo apenas mira el vaso y tú ya le serviste agua. Levanta los bracitos y ya lo cargaste. Hace "mmm" y ya le diste la galleta. Lo haces por amor, y la abuela lo hace todavía más rápido que tú. Pero piénsalo desde su lado: si todo llega antes de pedirlo, ¿para qué hablar? Sin querer, le quitamos todas las oportunidades de practicar. Hablar empieza por necesitar decir algo.
La pausa de cinco segundos
La herramienta es simple y cuesta un mundo: espera. Así se hace:
- Detente justo antes de resolverle: con el vaso en la mano, sin servir todavía.
- Ponte a su altura y míralo con cara de espera: cejas arriba, sonrisa, cara de "¿sí…?". Esa cara le dice sin palabras: es tu turno.
- Cuenta cinco segundos en tu cabeza. Despacio. Van a parecer eternos: aguanta.
- Festeja CUALQUIER intento. Un sonido, una seña, una mirada con intención, "aua": eso ya es comunicación. Respóndele al instante: "¡Agua! ¡Quieres agua! Ten tu agua".
Si pasan los cinco segundos y no hay nada, no lo hagas sufrir: modela tú la palabra —"agua… quieres agua"— y dásela. La pausa es una invitación, nunca un castigo ni un chantaje.