El interrogatorio que calla
Cuando un niño batalla para hablar, a los adultos nos sale el modo maestra: "¿Qué es esto? ¿Y esto? ¿De qué color? ¿Cuántos hay? A ver, dile a tu tía cómo se llama el perro". Lo hacemos con buena intención, pero para él cada pregunta es un examen sorpresa de la materia que más le cuesta. Y los exámenes todo el día agotan a cualquiera. Muchos niños terminan haciendo lo más lógico: voltear la cara y dejar de intentar.
La señal de alarma es fácil de detectar: si tú ya sabes la respuesta, es examen. "¿Qué es esto?" sosteniendo una manzana no es una conversación: es una prueba.
Mejor: comenta y calla
Cambia la pregunta por un comentario y luego espera (tu pausa de la lección dos). En vez de "¿qué es eso?", di "¡mira, un gato! Está dormido el gato…" y cállate. Los comentarios no exigen nada, regalan palabras, y dejan un silencio cómodo donde tu hijo puede meterse si quiere. Te va a sorprender cuántas veces se mete.
La medida de los terapeutas: por cada pregunta que hagas, suelta como cuatro comentarios. No hay que andar contando, pero si notas que llevas cinco preguntas seguidas, cambia de canal.
La pregunta buena: la de opciones
Hay una pregunta que sí abre puertas: la de dos opciones. "¿Quieres leche o agua?" "¿Jugamos pelota o coches?" "¿Te pongo la camiseta roja o la azul?". Tiene tres regalos escondidos: le da las palabras servidas (nomás escoge una), la respuesta es imposible de reprobar, y de pilón le enseña que su voz decide cosas de su vida.