El libro no se lee: se platica
Para el lenguaje, el libro no es para leerse de corrido como noticiero: es una excusa para platicar. A esto se le llama lectura dialogada y es de las herramientas con más evidencia que existen para hacer crecer el vocabulario. La diferencia es simple: en vez de que tú leas y él oiga calladito, el libro se convierte en una cancha de ida y vuelta. No importa si el libro es de la feria, prestado de la biblioteca del DIF o el mismo de las tres últimas noches: lo que vale es cómo lo usan.
La receta por página
- Señala algo del dibujo y nómbralo con emoción: "¡mira, el perro está mojado!".
- Espera tus cinco segundos, con cara de plática. Dale chance de señalar, hacer un sonido o decir algo.
- Responde a lo que haga y expándelo: él señala el charco y tú: "¡el charco! El perro pisó el charco".
- Una pregunta por página, máximo. Y que sea de las buenas: "¿qué crees que va a pasar?", o de opciones: "¿el gato está feliz o enojado?". No conviertas el cuento en examen.
Con esta receta, un libro de diez páginas dura quince minutos y tu hijo participa más de lo que escucha. Eso es exactamente lo que queremos.
El mismo libro mil veces SÍ sirve
"Otra vez el del pollito, no puede ser." Sí puede ser, y es buenísimo. La repetición es la manera en que su cerebro aprende: a la quinta leída ya sabe qué viene, y saber qué viene le da el valor de participar. Úsalo a tu favor: en el libro repetido, detente antes de la palabra que él ya sabe y deja el hueco… "y el pollito dijo…". Esos huecos son donde nacen las palabras.