Lo predecible abre el apetito
Ya lo viste en la lección 1: tu hijo busca lo que puede predecir. Eso también aplica a la hora de comer. Si la comida es a veces a las 2, a veces a las 5, a veces en la mesa y a veces en el sillón, su cuerpo llega en alerta. Y un cuerpo en alerta no tiene hambre. La rutina no es rigidez: es el mensaje de "aquí no hay sorpresas, puedes relajarte".
Las cuatro patas de la mesa tranquila
- Misma hora. Comidas y colaciones a horas fijas, y nada de picar entre ellas. Un niño que pastorea galletas toda la tarde nunca llega con hambre de verdad.
- Mismo lugar. Su misma silla, su mismo vaso, su mismo plato si lo necesita. Que sentarse a comer se sienta como llegar a casa.
- Porciones mini. Un plato repleto abruma y derrota antes de empezar. Mejor dos cucharadas y que pida más: pedir más se siente como ganar; dejar la mitad se siente como perder.
- Sin pantalla de fondo, si se puede. La tele jala su atención y come en automático, sin registrar la comida. Si hoy la pantalla es lo único que sostiene la comida, no te juzgues: ve quitándola despacito, primero bajando el volumen, luego pausada, luego apagada.
Ejemplo: En casa de Tony la comida es a las 2:30, después de lavarse las manos, en su silla de siempre junto a la ventana. Mamá avisa cinco minutos antes: "Cuando acabe esta canción, nos sentamos". Ese aviso evita el berrinche de cortar el juego de golpe.
💡 La comida dura máximo 30 minutos. Pasado ese tiempo, se levanta el plato con cariño y sin sermón. Una mesa que no se eterniza es una mesa a la que da menos miedo volver.